Como hemos visto en el caso de "Las tribulaciones del joven Werther" no existe mejor terapia contra el virus romántico que exponer nuestro el antígeno a nuestro sistema de defensa mental. Leer la crítica de un relato romántico antes de leer el texto nos puede prevenir de sus efectos. Sin embargo esto no es siempre posible y, muchas veces no es deseable. No queremos que nos cuenten el argumento de una película antes de verla, pierde todo interés. Además, el caso de los éxitos musicales esto es absolutamente imposible porque nos la colocan en la radio antes de que tengamos acceso a su letra. Nos queda, por lo tanto, la crítica a posteriori como único medio de evitar sus efectos desastrosos sobre nuestro cerebro. En esta ocasión he elegido una canción que está bastante de moda, cuyo título es ya un homenaje a la necrofilia romántica: Me muero.
Pido por tu besos
por tu ingrata sonrisa
por tus bellas caricias
eres tu mi alergia.
Con la primera estrofa podemos ya hacernos una idea tanto de enamorado como de su objeto de amor. Se trata de un ser religioso, no cabe duda, aunque no sabemos su confesión. Luego veremos que dicho se halla próximo a encontrarse con su creador, pero por el momento sólamente podemos concluir que es un apasionado creyente. Es una persona muy piadosa, beata diría yo, porqué en lugar de pedirle caricias y besos a la persona, se dirige a un santo o a un dios. Esto es algo poco usual porqué la mayoría de las persona piden cosas a otras personas, sobretodo si estas están en condiciones de dar. Pero además de creyente es extraño, porque su alegría depende de una sonrisa ingrata. Yo no se muy bien a que se refiere esto, pero diría que tiene un toque sadomasoquista nada deleznable. Alguien que sonríe de forma ingrata es un sujeto, cuanto menos, bastante cabrón. Uno llega a imaginarse un tipo sonriendo mientras nos explica que no va a devolvernos el favor que le hemos hecho. Pido que no me falles que nunca te me vayas y que nunca te olvides Que soy yo quien te ama El creyente continua pidiendo cosas a los dioses que muy bien podría exigir a la persona en cuestión. Y uno empieza a reafirmarse en las sospechas que dicha persona no es de fiar. Porqué sino las oraciones irían en este sentido. Si necesita rogar para que no se vaya o para que no la olvide es que estamos ante un sujeto que, como mínimo, no está muy convencido de la relación.
Que soy yo quien te espera
Que soy yo quien te llora
Que soy yo quien te anhela
los minutos y horas.
En este momento de la canción es cuando podemos asegurar, sin miedo a equivocarnos, que no estamos ante una relación amorosa equilibrada, es una relación de dependencia. El romanticismo quiere convertirnos a todos en seres dependientes, por eso cuando coloniza una mente la induce a componer alabanzas de este estado. Para un ser infectado por el virus romántico esperar, anhelar y llorar es el sumun de la felicidad. Los amores realizados, gozosos, cómplices e igualitarios son poco interesantes. Necesita sufrir, sufrir mucho y, sobretodo, sufrir por cosas inútiles. Porqué si algo es poco útil, para el individuo y la sociedad, es sufrir por el amor de una persona que no demuestra el más mínimo interés por nosotros. Este sufrimiento es muy distinto del originado por querer superar nuestros propios límites o el que podamos obtener defendiendo a un ser querido o una causa justa. Es un sufrimiento paralizante y autodestructivo cuyo producto es la más absoluta naderia. Recordemos que uno de los efectos más notables del virus romántico es desviar nuestra energía hacia objetivos irrealizables e inútiles.
Me muero por besarte
dormirme en tu boca
Me muero por decirte
que el mundo se equivoca
Esta estrofa viene a ser más o menos como la anterior. El individuo se empeña en continuar sufriendo. Ahora, además, nos damos cuenta que el resto de personas (el mundo) tampoco creen que la relación, o la supuesta relación pueda funcionar. Por lo tanto se trata de una persona bastante responsable de su sufrimiento, empeñada en continuar sufriendo sin sentido. Aunque todo el mundo, que no debería seguir por ese camino.
pido por tu ausencia
que me hace extrañarte
que me hace soñarte
Cuando mas me haces falta
Pido por la mañana
que a mi lado despiertes
enredado en la cama
hay como me haces falta.
El resto de la canción es más de lo mismo, una exaltación de la pasión no correspondida, de la autocompasión y el regodeo en la tristeza y la desesperación. A uno le entran ganas de darle un gorrazo y decirle: "¡Despierta, coño. Que la vida hay que disfrutarla!"
sábado, 21 de julio de 2007
lunes, 9 de julio de 2007
Las tribulaciones de un idiota
Una de las novelas emblemáticas del Romanticismo es “Las tribulaciones del joven Werther” de Johan Wolfang von Goethe. Es una obra maestra y su autor uno de los grandes. Sin embargo conviene tomar algunas medidas profilácticas antes de leerla, tiene un alto título de virus romántico.
Una de las formas más eficaces de protegerse contra esta terrible amenaza es usar el sentido del humor y relativizar mucho las cosas. La literatura romántica exagera el mundo de las emociones, carga de dramatismo sucesos y personajes cuya importancia es, cuanto menos, relativa.
A continuación viene el argumento de la novela con los comentarios de un servidor. Se trata de una terapia que puede ser sanadora si se ha entrado en contacto con el virus – a través de leer la novela – o preventiva si dicha lectura se intenta después. En ambos casos tiene una eficacia relativa, se trata de un virus muy escurridizo.
Antes de empezar me gustaría dejar clara mi admiración por Goethe como novelista. La novela es muy buena desde el punto de vista literario. El escritor consigue despertar emociones favorables hacia el protagonista, un auténtico mequetrefe, algo que demuestra su genio y su arte.
El tal Werther es un joven de casa bien que decide estar unos día en un pueblo ficticio de nombre Wahlheim. En seguida queda maravillado por las “sencillas tradiciones de los campesinos”. Nadie se preocupa por si dichos campesinos demuestran el mismo entusiasmo por tales costumbres, trabajar de sol a sol para conseguir mantenerse en el nivel de subsistencia no deja mucho tiempo para ser refinado. Pero esa era la visión de los niños pijos románticos de la época.
El ocioso Werther no tiene otro trabajo que andar por ahí maravillándose de la naturaleza y se enamora de Lotte, una joven que se encarga de la casa y de sus hermanos tras la muerte de su madre.
La citada Lotte, sin embargo, no está disponible y por lo que veremos en el transcurso de la novela tampoco siente un interés extraordinario por ese “pixa-pins” (del catalán “meapinos”). El joven, en lugar de buscarse otra campesina con la que pasar un buen rato en el pajar, decide amargarse la vida e ir detrás de la chica.
Para estar junto a ella traba amistad también con su prometido. Podríamos pensar que se trata de una treta para seducirla, como hacían los caballeros de la época galante, pero simplemente es una forma de más de mortificarse. Parece un masoquista, aunque a diferencia de estos no disfruta con el dolor.
La pena que le causa el poco interés de la dama por sus encantos le hace aceptar el cargo de dipolmático – ya os dije que era un pijo de cuidado -. Su trabajo no le gusta en absoluto, no soporta a su jefe, el embajador, y está todo el día pensando en su amada. Por lo tanto decide volver al pueblo.
Pero ¡oh aciago destino!, o previsible suceso mejor dicho: Lotte se ha casado con Alberto, ¿con quien sino? Y Werther tiene una nueva oportunidad de sufrir mucho, pero mucho. En lugar de irse del pueblo o dedicarse a buscar otras jovencitas, el chico se instala en una casa cercana a la de la pareja para mantener su “relación” con la chica.
El insiste y, mira por donde, resulta que consigue arrancarle un beso a la muchacha. Este suceso, en lugar de alegrarlo, le produce aun más sufrimiento. Ahora tiene remordimientos porque el marido es también su amigo. En este punto uno no tiene más remedio que pensar: “¿Y que esperabas?”
Antes del Romanticismo la historia hubiese derivado hacia un picante relato de cuernos con marido engañado que no se entera o en una tragedia , donde el marido engañado mata a la esposa y al amante. Pero a finales del siglo XVIII y principios del XIX existe una desmesurada preferencia por los finales estúpidos. Y este, a pesar de estar muy bien escrito, lo es mucho. Tanto como su protagonista.
El marido empieza a mosquearse con las continuas visitas del dichoso Werther y decide prohibir estos encuentros a su mujer. Ella, como cualquier dama de la época, hace caso a su marido y entre lágrimas se despide de su “proyecto de amante”. La chica no tiene tampoco es muy lista, porque muchas damas de su tiempo compaginaban perfectamente una ejemplar vida marital y una gratificante relación erótica clandestina. Pero, y esto es presunción mía, estoy seguro que si hubiese propuesto tal cosa el chaval no hubiese aceptado. Para sufrir aun más, claro.
El muchacho, al ser despedido de aquella manera decide suicidarse y manda su criado a pedir prestadas dos pistolas con la excusa de que debe emprender un largo viaje. Es lo único inteligente que hace en toda la novela, porque viendo su actuación va a necesitar más de un disparo para acertar en su cerebro.
Se intenta suicidar y ni esto hace bien. Como sólo emplea una pistola la bala le da en el cráneo pero no lo mata al instante. Queda inconsciente y sin remedio, pero vivo. Esto permite al resto de personajes llorar su muerte y desesperarse, pero continuar viviendo.
Al final el único que sale perdiendo es el propio Werther, cuya obsesión por el sufrimiento lo lleva a la muerte. Una muerte sin sentido.
Aunque los románticos lo tengan por un héroe, su vida se aleja mucho de ser ejemplar. Los héroes son personas cuyo sacrificio es para beneficio de la comunidad, la muerte de este chaval es absolutamente inútil.
El problema no es la novela en si porqué, vuelvo a repetir, está muy bien escrita. El problema es creer que el modelo de amor representado es el correcto. Lo que tiene el joven Werther no es “mal de amores”, sino flojera mental. Confunde sus ganas de dar sentido a su vida – es un pijo desocupado – con un sentimiento supuestamente incontrolable.
El amor se convierte en une excusa para suspender la razón y así perseguir quimeras inalcanzables, cuanto más inalcanzables mejor. Si Lothe hubiese correspondido a sus deseos desde el principio, el joven Werther hubiese, seguramente, perdido todo interés.
El verdadero amor por una persona no se siente nunca al principio de la relación, es algo que emerge con el tiempo, cuando se han compartido ya muchas experiencias.
Sin embargo el virus romántico interfiere en los procesos mentales impediendo el razonamiento correcto, haciéndonos creer en el “amor a primera vista”. De esta manera desvía nuestros deseos hacia objetivos estériles, inútiles y a veces autodestructivos.
Esta forma de pensar va a ser un gran apoyo para los procesos involucionistas que se darán precisamente después de la redacción de la novela. El Congreso de Viena, donde se decide la vuelta al absolutismo tendrá en el Romanticismo un aliado excepcional. Millones de personas encauzarán sus pasiones hacia ideales alejados del progreso humano y se esforzarán en perseguir “Lothes” de toda naturaleza. Los otro tiempo revolucionarios se convertirán en seres patéticos capaces de jugarse la vida por alcanzar una rosa para su amada pero totalmente desinteresados en los cambio sociopolíticos.
Algo de todo esto me suena a muy actual.
Una de las formas más eficaces de protegerse contra esta terrible amenaza es usar el sentido del humor y relativizar mucho las cosas. La literatura romántica exagera el mundo de las emociones, carga de dramatismo sucesos y personajes cuya importancia es, cuanto menos, relativa.
A continuación viene el argumento de la novela con los comentarios de un servidor. Se trata de una terapia que puede ser sanadora si se ha entrado en contacto con el virus – a través de leer la novela – o preventiva si dicha lectura se intenta después. En ambos casos tiene una eficacia relativa, se trata de un virus muy escurridizo.
Antes de empezar me gustaría dejar clara mi admiración por Goethe como novelista. La novela es muy buena desde el punto de vista literario. El escritor consigue despertar emociones favorables hacia el protagonista, un auténtico mequetrefe, algo que demuestra su genio y su arte.
El tal Werther es un joven de casa bien que decide estar unos día en un pueblo ficticio de nombre Wahlheim. En seguida queda maravillado por las “sencillas tradiciones de los campesinos”. Nadie se preocupa por si dichos campesinos demuestran el mismo entusiasmo por tales costumbres, trabajar de sol a sol para conseguir mantenerse en el nivel de subsistencia no deja mucho tiempo para ser refinado. Pero esa era la visión de los niños pijos románticos de la época.
El ocioso Werther no tiene otro trabajo que andar por ahí maravillándose de la naturaleza y se enamora de Lotte, una joven que se encarga de la casa y de sus hermanos tras la muerte de su madre.
La citada Lotte, sin embargo, no está disponible y por lo que veremos en el transcurso de la novela tampoco siente un interés extraordinario por ese “pixa-pins” (del catalán “meapinos”). El joven, en lugar de buscarse otra campesina con la que pasar un buen rato en el pajar, decide amargarse la vida e ir detrás de la chica.
Para estar junto a ella traba amistad también con su prometido. Podríamos pensar que se trata de una treta para seducirla, como hacían los caballeros de la época galante, pero simplemente es una forma de más de mortificarse. Parece un masoquista, aunque a diferencia de estos no disfruta con el dolor.
La pena que le causa el poco interés de la dama por sus encantos le hace aceptar el cargo de dipolmático – ya os dije que era un pijo de cuidado -. Su trabajo no le gusta en absoluto, no soporta a su jefe, el embajador, y está todo el día pensando en su amada. Por lo tanto decide volver al pueblo.
Pero ¡oh aciago destino!, o previsible suceso mejor dicho: Lotte se ha casado con Alberto, ¿con quien sino? Y Werther tiene una nueva oportunidad de sufrir mucho, pero mucho. En lugar de irse del pueblo o dedicarse a buscar otras jovencitas, el chico se instala en una casa cercana a la de la pareja para mantener su “relación” con la chica.
El insiste y, mira por donde, resulta que consigue arrancarle un beso a la muchacha. Este suceso, en lugar de alegrarlo, le produce aun más sufrimiento. Ahora tiene remordimientos porque el marido es también su amigo. En este punto uno no tiene más remedio que pensar: “¿Y que esperabas?”
Antes del Romanticismo la historia hubiese derivado hacia un picante relato de cuernos con marido engañado que no se entera o en una tragedia , donde el marido engañado mata a la esposa y al amante. Pero a finales del siglo XVIII y principios del XIX existe una desmesurada preferencia por los finales estúpidos. Y este, a pesar de estar muy bien escrito, lo es mucho. Tanto como su protagonista.
El marido empieza a mosquearse con las continuas visitas del dichoso Werther y decide prohibir estos encuentros a su mujer. Ella, como cualquier dama de la época, hace caso a su marido y entre lágrimas se despide de su “proyecto de amante”. La chica no tiene tampoco es muy lista, porque muchas damas de su tiempo compaginaban perfectamente una ejemplar vida marital y una gratificante relación erótica clandestina. Pero, y esto es presunción mía, estoy seguro que si hubiese propuesto tal cosa el chaval no hubiese aceptado. Para sufrir aun más, claro.
El muchacho, al ser despedido de aquella manera decide suicidarse y manda su criado a pedir prestadas dos pistolas con la excusa de que debe emprender un largo viaje. Es lo único inteligente que hace en toda la novela, porque viendo su actuación va a necesitar más de un disparo para acertar en su cerebro.
Se intenta suicidar y ni esto hace bien. Como sólo emplea una pistola la bala le da en el cráneo pero no lo mata al instante. Queda inconsciente y sin remedio, pero vivo. Esto permite al resto de personajes llorar su muerte y desesperarse, pero continuar viviendo.
Al final el único que sale perdiendo es el propio Werther, cuya obsesión por el sufrimiento lo lleva a la muerte. Una muerte sin sentido.
Aunque los románticos lo tengan por un héroe, su vida se aleja mucho de ser ejemplar. Los héroes son personas cuyo sacrificio es para beneficio de la comunidad, la muerte de este chaval es absolutamente inútil.
El problema no es la novela en si porqué, vuelvo a repetir, está muy bien escrita. El problema es creer que el modelo de amor representado es el correcto. Lo que tiene el joven Werther no es “mal de amores”, sino flojera mental. Confunde sus ganas de dar sentido a su vida – es un pijo desocupado – con un sentimiento supuestamente incontrolable.
El amor se convierte en une excusa para suspender la razón y así perseguir quimeras inalcanzables, cuanto más inalcanzables mejor. Si Lothe hubiese correspondido a sus deseos desde el principio, el joven Werther hubiese, seguramente, perdido todo interés.
El verdadero amor por una persona no se siente nunca al principio de la relación, es algo que emerge con el tiempo, cuando se han compartido ya muchas experiencias.
Sin embargo el virus romántico interfiere en los procesos mentales impediendo el razonamiento correcto, haciéndonos creer en el “amor a primera vista”. De esta manera desvía nuestros deseos hacia objetivos estériles, inútiles y a veces autodestructivos.
Esta forma de pensar va a ser un gran apoyo para los procesos involucionistas que se darán precisamente después de la redacción de la novela. El Congreso de Viena, donde se decide la vuelta al absolutismo tendrá en el Romanticismo un aliado excepcional. Millones de personas encauzarán sus pasiones hacia ideales alejados del progreso humano y se esforzarán en perseguir “Lothes” de toda naturaleza. Los otro tiempo revolucionarios se convertirán en seres patéticos capaces de jugarse la vida por alcanzar una rosa para su amada pero totalmente desinteresados en los cambio sociopolíticos.
Algo de todo esto me suena a muy actual.
lunes, 4 de junio de 2007
Variedad patriarcal. Segunda pandemia
Los caballeros que volvieron de las cruzadas llegaron a Europa con una mentalidad algo diferente. En Tierra Santa conocieron a guerreros que vivían en palacios lujosos, rodeados de riquezas y refinamiento sin perder ni un ápice de combatividad.
La nobleza empezó a preferir los juegos, las danzas y otros tipos de distracciones a la guerra. Empezaron a gastar más en diversión y menos en prepararse para la guerra. Poco a poco empezaron a requerir los servicios de artesanos y comerciantes, antes considerados como villanos indignos de su consideración.
Esta preferencia por el lujo le sirvió al rey, “il capo di capi”, ir atrayendo como moscas a la miel, a los nobles más poderosos. Poco a poco se fueron formando las cortes reales donde antes hubo “cortes de amor”. La concentración cada vez mayor de nobles ricos y poderosos dio lugar a un rápido desarrollo de la burguesía circundante, encargada de fabricar o importar los objetos necesarios.
El sistema sociopolítico, a pesar de continuar siendo patriarcal, no pudo volver a la situación inicial. Ahora, la concentración de nobles obligaba a adoptar un comportamiento mucho más fino y educado. La violencia de los primeros tiempos dejó paso a la cortesía, un campo en el que las mujeres estaban en mejores condiciones de igualdad.
La alta nobleza se izo cada vez más dependiente del poder real. Conforme este, en alianza con la naciente burguesía, se reafirmaba, aumentaba el control sobre los nobles que cada vez se hacían menos levantiscos. La agresividad de la Edad Media dio paso a las maneras cortesanas de los siglos XVII y XVIII. Ahora no era el más fuerte o el más audaz, sino el más diplomático quien conseguía los favores del Rey.
Con este cambio las mujeres tuvieron oportunidades de avanzar en la reivindicación de sus derechos. Las mujeres continuaban sujetas a sus padres o maridos, como lo habían estado siempre. Sin embargo, los modos y costumbres de palacio les dejaban un margen de maniobra que antes no habían tenido.
La máxima expresión de esta redefinición del poder entre los géneros se dio a finales del siglo XVIII, cuando muchas mujeres – siempre de las clases altas – tuvieron acceso a la cultura y se implicaron plenamente en la Ilustración. Mujeres de la nobleza y la alta burguesía practicaban una sexualidad muy alejada del modelo imperante, abrían sus salones a los filósofos e intervenían en política de forma muy notable.
Durante este período puede ya hablarse de ideas feministas. Mary Wollstonecraft publica “Vindicación de los derechos de la mujer”, mientras Olimpia de Gouges encabeza el movimiento contestatario en Francia. La primera muere de forma natural, la segunda decapitada.
Con la llegada de Napoleón se cortan de cuajo las aspiraciones feministas, su famoso código niega los derechos de las mujeres. Y a aquí paz y después guerra, mucha guerra.
Las cosas se pusieron aun peor con la derrota de Francia y el restablecimiento del Antiguo Régimen en toda Europa. Porqué el retorno de las cortes no supuso una vuelta a la situación anterior. La mujer perdió incluso el poder que había conseguido durante el periodo de la Monarquía Absoluta.
En este proceso tuvo mucha influencia el virus romántico. A finales del siglo XVIII empezó a recorrer Europa el irracionalismo. Era una reacción contra los valores ilustrados de la razón. Se trataba de convencer a los seres humanos de que la vida auténtica consiste en dejarse llevar por el “destino”.
Si una cosa pasa es porqué tenía que pasar y nada podemos hacer para remediarlo. Un pensamiento terriblemente útil para los poderes de la época. Así se promocionaba la resignación y el acriticismo. Y, de paso, se mantenía el statu quo. Si somos muñecos del destino, ¿para qué la revolución?
Las mujeres debían pues conformarse con su destino de dulces y delicadas criaturas, expuestas a los vaivenes de la vida. Resignarse a morir de tisis, a languidecer esperando al caballero de brillante armadura, a caer en brazos de maltratadores o vampiros.
Esta segunda pandemia tuvo unos efectos devastadores sobre la condición de la mujer, porqué la relegó a figura decorativa, a simple espectadora de la Historia, durante más de cien años.
La nobleza empezó a preferir los juegos, las danzas y otros tipos de distracciones a la guerra. Empezaron a gastar más en diversión y menos en prepararse para la guerra. Poco a poco empezaron a requerir los servicios de artesanos y comerciantes, antes considerados como villanos indignos de su consideración.
Esta preferencia por el lujo le sirvió al rey, “il capo di capi”, ir atrayendo como moscas a la miel, a los nobles más poderosos. Poco a poco se fueron formando las cortes reales donde antes hubo “cortes de amor”. La concentración cada vez mayor de nobles ricos y poderosos dio lugar a un rápido desarrollo de la burguesía circundante, encargada de fabricar o importar los objetos necesarios.
El sistema sociopolítico, a pesar de continuar siendo patriarcal, no pudo volver a la situación inicial. Ahora, la concentración de nobles obligaba a adoptar un comportamiento mucho más fino y educado. La violencia de los primeros tiempos dejó paso a la cortesía, un campo en el que las mujeres estaban en mejores condiciones de igualdad.
La alta nobleza se izo cada vez más dependiente del poder real. Conforme este, en alianza con la naciente burguesía, se reafirmaba, aumentaba el control sobre los nobles que cada vez se hacían menos levantiscos. La agresividad de la Edad Media dio paso a las maneras cortesanas de los siglos XVII y XVIII. Ahora no era el más fuerte o el más audaz, sino el más diplomático quien conseguía los favores del Rey.
Con este cambio las mujeres tuvieron oportunidades de avanzar en la reivindicación de sus derechos. Las mujeres continuaban sujetas a sus padres o maridos, como lo habían estado siempre. Sin embargo, los modos y costumbres de palacio les dejaban un margen de maniobra que antes no habían tenido.
La máxima expresión de esta redefinición del poder entre los géneros se dio a finales del siglo XVIII, cuando muchas mujeres – siempre de las clases altas – tuvieron acceso a la cultura y se implicaron plenamente en la Ilustración. Mujeres de la nobleza y la alta burguesía practicaban una sexualidad muy alejada del modelo imperante, abrían sus salones a los filósofos e intervenían en política de forma muy notable.
Durante este período puede ya hablarse de ideas feministas. Mary Wollstonecraft publica “Vindicación de los derechos de la mujer”, mientras Olimpia de Gouges encabeza el movimiento contestatario en Francia. La primera muere de forma natural, la segunda decapitada.
Con la llegada de Napoleón se cortan de cuajo las aspiraciones feministas, su famoso código niega los derechos de las mujeres. Y a aquí paz y después guerra, mucha guerra.
Las cosas se pusieron aun peor con la derrota de Francia y el restablecimiento del Antiguo Régimen en toda Europa. Porqué el retorno de las cortes no supuso una vuelta a la situación anterior. La mujer perdió incluso el poder que había conseguido durante el periodo de la Monarquía Absoluta.
En este proceso tuvo mucha influencia el virus romántico. A finales del siglo XVIII empezó a recorrer Europa el irracionalismo. Era una reacción contra los valores ilustrados de la razón. Se trataba de convencer a los seres humanos de que la vida auténtica consiste en dejarse llevar por el “destino”.
Si una cosa pasa es porqué tenía que pasar y nada podemos hacer para remediarlo. Un pensamiento terriblemente útil para los poderes de la época. Así se promocionaba la resignación y el acriticismo. Y, de paso, se mantenía el statu quo. Si somos muñecos del destino, ¿para qué la revolución?
Las mujeres debían pues conformarse con su destino de dulces y delicadas criaturas, expuestas a los vaivenes de la vida. Resignarse a morir de tisis, a languidecer esperando al caballero de brillante armadura, a caer en brazos de maltratadores o vampiros.
Esta segunda pandemia tuvo unos efectos devastadores sobre la condición de la mujer, porqué la relegó a figura decorativa, a simple espectadora de la Historia, durante más de cien años.
domingo, 20 de mayo de 2007
Un posible tratamiento: La regla de la inversión
A veces una medicina diseñada para combatir un determina enfermedad puede convertirse en el remedio para otra, este es el caso de la famosa viagra.
Con el romanticismo puede pasar algo similar. La regla de la inversión fue diseñada para poner en evidencia la discriminación de género, pero posteriores investigaciones nos llevan a considerarla útil para algunas variantes del virus romántico.
Este principio consiste en elegir una situación característica de uno de los dos géneros, la pasividad de las mujeres, por ejemplo, invertir el género y ver que ocurre. Si tomamos el ejemplo de la pasividad veremos como nos da una impresión totalmente diferente ver una mujer en actitud pasiva que ver un hombre haciendo lo mismo. En el primer caso lo consideraremos un síntoma de feminidad evidente y en el segundo un signo de poca hombría (un hombre lucha, nunca se queda quieto mientras las cosas suceden).
Al ser una herramienta muy útil para luchar contra el sexismo, será muy efectiva frente a las variedades patriarcales del virus. Tomemos como ejemplo la insistencia en la pureza de la mujer, una de las ideas que consiguen introducirse en nuestra mente cuando esta variedad del virus nos ataca. Si le aplicamos el mismo criterio a un hombre vemos que no encaja.
La imagen de un hombre puro, asexuado es propia de algunos santos famosos por su castidad. Pero aun en esos casos es poco creíble ¿quién conoce realmente a un hombre puro? Y, además, ¿qué utilidad tiene? Fuera de algunas concepciones integristas de la religión, la pureza en un hombre más bien un defecto que una virtud. Y, si aspiramos a una igualdad en derechos entre varones y mujeres, ¿qué sentido tienen entonces promover la pureza entre las mujeres?
Así desenmascaramos la auténtica intención del concepto de pureza femenina: Intentar coartar la sexualidad femenina para que la mujer esté siempre en situación de inferioridad frente al hombre.
Hemos visto una forma de combatir el romanticismo que no siempre va a ser eficaz. Se trata de un virus muy inteligente, capaz de mutar y apoderarse de nuestras defensas. Como en el caso de SiDA, va a ser necesario utilizar una terapia múltiple.
Con el romanticismo puede pasar algo similar. La regla de la inversión fue diseñada para poner en evidencia la discriminación de género, pero posteriores investigaciones nos llevan a considerarla útil para algunas variantes del virus romántico.
Este principio consiste en elegir una situación característica de uno de los dos géneros, la pasividad de las mujeres, por ejemplo, invertir el género y ver que ocurre. Si tomamos el ejemplo de la pasividad veremos como nos da una impresión totalmente diferente ver una mujer en actitud pasiva que ver un hombre haciendo lo mismo. En el primer caso lo consideraremos un síntoma de feminidad evidente y en el segundo un signo de poca hombría (un hombre lucha, nunca se queda quieto mientras las cosas suceden).
Al ser una herramienta muy útil para luchar contra el sexismo, será muy efectiva frente a las variedades patriarcales del virus. Tomemos como ejemplo la insistencia en la pureza de la mujer, una de las ideas que consiguen introducirse en nuestra mente cuando esta variedad del virus nos ataca. Si le aplicamos el mismo criterio a un hombre vemos que no encaja.
La imagen de un hombre puro, asexuado es propia de algunos santos famosos por su castidad. Pero aun en esos casos es poco creíble ¿quién conoce realmente a un hombre puro? Y, además, ¿qué utilidad tiene? Fuera de algunas concepciones integristas de la religión, la pureza en un hombre más bien un defecto que una virtud. Y, si aspiramos a una igualdad en derechos entre varones y mujeres, ¿qué sentido tienen entonces promover la pureza entre las mujeres?
Así desenmascaramos la auténtica intención del concepto de pureza femenina: Intentar coartar la sexualidad femenina para que la mujer esté siempre en situación de inferioridad frente al hombre.
Hemos visto una forma de combatir el romanticismo que no siempre va a ser eficaz. Se trata de un virus muy inteligente, capaz de mutar y apoderarse de nuestras defensas. Como en el caso de SiDA, va a ser necesario utilizar una terapia múltiple.
viernes, 4 de mayo de 2007
Variedad patriarcal. Primera pandemia
Desde su llegada al mundo, esta variedad del virus romántico ha demostrado gran eficacia en la paralización – y a veces destrucción – de la conciencia feminista de muchas mujeres. Como muchos retrovirus utiliza distintas formas de camuflaje para burlar las defensas. Parapetándose detrás de piropos y halagos va penetrando poco a poco en la mente femenina hasta alcanzar el núcleo ideológico.
Una vez allí va mutando todos los conceptos que le servían como defensa contra el patriarcado. La víctima, ajena a este proceso de degradación paulatina no se da cuenta de cómo poco a poco va empezando a defender postulados contrarios a su forma de pensar.
En una fase final se encuentra otra vez en situación de inferioridad, supeditada al varón y teniendo que volver a discutir las mismas razones de siempre. Sin embargo el virus romántico no logra nuca destruir de todo el sustento ideológico y la mente feminista se recupera siendo más fuerte gracias a las defensas adquiridas. Pero siempre expuesta a una nueva reinfección.
Tenemos indicios de una epidemia de virus romántico durante la Alta Edad Media. Si bien no podemos hablar de una especie bien definida, no nos equivocaríamos si condenásemos la difusión de llamado “amor cortés” – sobretodo en su forma más tardía – y la devoción a la Virgen María como una forma primitiva de este virus.
Hacia el año 1000 en Europa había un exceso de testoesterona. Los hombres vivían únicamente para demostrar cuan grande y cuan larga era su… espada. Desde el más pobre de los villanos hasta el más rico de los señores su única ambición era pelear. Pelear por un terruño, por una hectárea o por un reino entero. Todos contra todos en una especie de Apocalipsis adrógino.
La mujer no era más que un objeto, un recipiente, el lugar de donde nacían niños para la lucha y niñas para la reproducción. Llegó a tal punto el ambiente de violencia – aquello si que era crispación – que la Iglesia se vio en la obligación de prohibir las matanzas dentro de los templos, en un área circundante y mientras duraran las fiestas religiosas.
Pero no fue suficiente, los guerreros continuaron saqueando las tierras y los castillos de sus vecinos, eso sí los días de cada día. Entonces se le ocurrió una idea genial al Papa: “Mandarlos todos a matarse a Tierra Santa”. De esta manera se quitaba la Cristiandad un peso de encima y se lo mandaba como un regalo, con lazo y todo, a los infieles.
Para aquella panda de aldolescentes bulleros – se era conde a los trece años, normalmente por defunción del padre en alguna batalla – aquello les sonó a gloria. Y a gloria debió sonarles a muchas mujeres, la música de las trompetas de guerra anunciando la partida de sus maridos hacia la liberación de los santos lugares. Más de una debió llorar pero de alegría, al quedar dispensada de débito conyugal, los señores no se quitaban la cota de mallas ni para engendrar criaturas.
Muchos de los caballeros que fueron a combatir por Jerusalem volvieron algo cambiados. El contacto con una civilización como la árabe, tan refinada, influyó algo en sus costumbres. Los guerreros musulmanes no dejaban de ser hombres por el hecho de desnudarse, incluso de bañarse, antes de yacer con una dama. Sus mujeres debieron notar el cambio.
Sin embargo, las que más notaron el cambio fueron las viudas. De puros objetos de crianza y decoración pasaron a administradoras de patrimonios, a jueces y a diplomáticas. En ausencia del señor, era la señora quien ejercía el poder.
Así, por primera vez en muchos años las mujeres empezaron a contar en la vida pública. Varones, condes y marqueses se veían obligados a pactar con condesas, varonesas o marquesas. Tanto si el señor estaba en la Guerra como si había muerto, los negocios ahora eran forzosamente con mujeres.
Esta nueva situación política propició un cambio cultural de gran magnitud. La mujer empezaba a ser tomada en serio. Leonor de Aquitania, Blanca de Castilla o Yolanda de Hungría intervenían activamente en el gobierno de sus reinos. Muchos hombres empezaron a apreciar el poder de estas mujeres y se inición la promoción de un trato más considerado.
Apereció el amor cortés donde se reconocía, por primera vez, la posibilidad de que un hombre recibiera órdenes de una mujer. Ahora los caballeros debían tranformarse de violadores más o menos sutiles en amantes. Las mujeres podían negarse y los hombres no tenían más remedio que aguantarse. Se reconocía, también por primera vez, la posibilidad que la mujer pudiera elegir su pareja, aunque no fuera su marido. La poesía trovadoresca estaba llena de referencias al adulterio más o menos simbólicos.
Todo esta cambio cultural trajo paz, desarrollo y un poco de libertada a buena parte de Eurpoa. La Iglesia lo vió y se horrorizó. Llevaba siglos debatiendo sobre si la mujer tenía o no alma, considerándola como poco más que una enviada del demonio para tentar a los santos. No podía tolerar esta ascensión social sin precedentes.
El contrataque del patriarcado vino precisamente desde el interior de esta nueva ideología. Por primera vez el virus romántico colonizó los postulados del amor cortés mutándolos hacia posturas plénamente conservadoras.
Poco a poco la exaltación de la libartad femenina a través del adulterio se fue convirtiendo en algo simbólico. Los amantes no lo eran en un plano físco, sino espiritual, más allá de la cane. Se exaltó la figura de la mujer poniéndola por encima del hombre, pero ligando esta exaltación a la pureza y la virginidad.
Las damas, que durante el periodo álgido del amor cortés compartían cama con sus amantes, era ahora seres hetéreos, desligados de la carne. Cada vez se valoraba más la virginidad de la dama, algo que aprovechó la Iglesia para ir atrayendo a los caballeros hacia su terreno.
De seguir las órdenes de damas virginales pasaron a obedecer las órdenes de la propia Vírgen María. Durante este periodo se promocionó de manera desmesurada el culto mariano. Por toda Europa aparecieron templos dedicados a la Madre de Dios. Las damas podían hablar por si mismas, pero la Virgen hablaba por boca de la Iglesia. Esto colocó a la caballería andante a las órdenes del proyecto Católico pasando los caballeros, de defender damas en peligro a luchar por el buen nombre de la Virgen María.
Hacia finales del siglo XIII, con el declive de las cruzadas y la ascensión de la escolástica se inició una contraofensiva y volvió la misoginia a reinar en Europa. Sin embargo, el virus romántico, pese a detener el cambio social no pudo destruir todos los avances. El trato entre hombres y mujeres había mejorado, poco, pero lo había hecho. Y ahora, la nueva estructura del feudalismo, con el establecimiento de las cortes alrededor del rey volvería a dar otra oportunidad a las mujeres.
Una vez allí va mutando todos los conceptos que le servían como defensa contra el patriarcado. La víctima, ajena a este proceso de degradación paulatina no se da cuenta de cómo poco a poco va empezando a defender postulados contrarios a su forma de pensar.
En una fase final se encuentra otra vez en situación de inferioridad, supeditada al varón y teniendo que volver a discutir las mismas razones de siempre. Sin embargo el virus romántico no logra nuca destruir de todo el sustento ideológico y la mente feminista se recupera siendo más fuerte gracias a las defensas adquiridas. Pero siempre expuesta a una nueva reinfección.
Tenemos indicios de una epidemia de virus romántico durante la Alta Edad Media. Si bien no podemos hablar de una especie bien definida, no nos equivocaríamos si condenásemos la difusión de llamado “amor cortés” – sobretodo en su forma más tardía – y la devoción a la Virgen María como una forma primitiva de este virus.
Hacia el año 1000 en Europa había un exceso de testoesterona. Los hombres vivían únicamente para demostrar cuan grande y cuan larga era su… espada. Desde el más pobre de los villanos hasta el más rico de los señores su única ambición era pelear. Pelear por un terruño, por una hectárea o por un reino entero. Todos contra todos en una especie de Apocalipsis adrógino.
La mujer no era más que un objeto, un recipiente, el lugar de donde nacían niños para la lucha y niñas para la reproducción. Llegó a tal punto el ambiente de violencia – aquello si que era crispación – que la Iglesia se vio en la obligación de prohibir las matanzas dentro de los templos, en un área circundante y mientras duraran las fiestas religiosas.
Pero no fue suficiente, los guerreros continuaron saqueando las tierras y los castillos de sus vecinos, eso sí los días de cada día. Entonces se le ocurrió una idea genial al Papa: “Mandarlos todos a matarse a Tierra Santa”. De esta manera se quitaba la Cristiandad un peso de encima y se lo mandaba como un regalo, con lazo y todo, a los infieles.
Para aquella panda de aldolescentes bulleros – se era conde a los trece años, normalmente por defunción del padre en alguna batalla – aquello les sonó a gloria. Y a gloria debió sonarles a muchas mujeres, la música de las trompetas de guerra anunciando la partida de sus maridos hacia la liberación de los santos lugares. Más de una debió llorar pero de alegría, al quedar dispensada de débito conyugal, los señores no se quitaban la cota de mallas ni para engendrar criaturas.
Muchos de los caballeros que fueron a combatir por Jerusalem volvieron algo cambiados. El contacto con una civilización como la árabe, tan refinada, influyó algo en sus costumbres. Los guerreros musulmanes no dejaban de ser hombres por el hecho de desnudarse, incluso de bañarse, antes de yacer con una dama. Sus mujeres debieron notar el cambio.
Sin embargo, las que más notaron el cambio fueron las viudas. De puros objetos de crianza y decoración pasaron a administradoras de patrimonios, a jueces y a diplomáticas. En ausencia del señor, era la señora quien ejercía el poder.
Así, por primera vez en muchos años las mujeres empezaron a contar en la vida pública. Varones, condes y marqueses se veían obligados a pactar con condesas, varonesas o marquesas. Tanto si el señor estaba en la Guerra como si había muerto, los negocios ahora eran forzosamente con mujeres.
Esta nueva situación política propició un cambio cultural de gran magnitud. La mujer empezaba a ser tomada en serio. Leonor de Aquitania, Blanca de Castilla o Yolanda de Hungría intervenían activamente en el gobierno de sus reinos. Muchos hombres empezaron a apreciar el poder de estas mujeres y se inición la promoción de un trato más considerado.
Apereció el amor cortés donde se reconocía, por primera vez, la posibilidad de que un hombre recibiera órdenes de una mujer. Ahora los caballeros debían tranformarse de violadores más o menos sutiles en amantes. Las mujeres podían negarse y los hombres no tenían más remedio que aguantarse. Se reconocía, también por primera vez, la posibilidad que la mujer pudiera elegir su pareja, aunque no fuera su marido. La poesía trovadoresca estaba llena de referencias al adulterio más o menos simbólicos.
Todo esta cambio cultural trajo paz, desarrollo y un poco de libertada a buena parte de Eurpoa. La Iglesia lo vió y se horrorizó. Llevaba siglos debatiendo sobre si la mujer tenía o no alma, considerándola como poco más que una enviada del demonio para tentar a los santos. No podía tolerar esta ascensión social sin precedentes.
El contrataque del patriarcado vino precisamente desde el interior de esta nueva ideología. Por primera vez el virus romántico colonizó los postulados del amor cortés mutándolos hacia posturas plénamente conservadoras.
Poco a poco la exaltación de la libartad femenina a través del adulterio se fue convirtiendo en algo simbólico. Los amantes no lo eran en un plano físco, sino espiritual, más allá de la cane. Se exaltó la figura de la mujer poniéndola por encima del hombre, pero ligando esta exaltación a la pureza y la virginidad.
Las damas, que durante el periodo álgido del amor cortés compartían cama con sus amantes, era ahora seres hetéreos, desligados de la carne. Cada vez se valoraba más la virginidad de la dama, algo que aprovechó la Iglesia para ir atrayendo a los caballeros hacia su terreno.
De seguir las órdenes de damas virginales pasaron a obedecer las órdenes de la propia Vírgen María. Durante este periodo se promocionó de manera desmesurada el culto mariano. Por toda Europa aparecieron templos dedicados a la Madre de Dios. Las damas podían hablar por si mismas, pero la Virgen hablaba por boca de la Iglesia. Esto colocó a la caballería andante a las órdenes del proyecto Católico pasando los caballeros, de defender damas en peligro a luchar por el buen nombre de la Virgen María.
Hacia finales del siglo XIII, con el declive de las cruzadas y la ascensión de la escolástica se inició una contraofensiva y volvió la misoginia a reinar en Europa. Sin embargo, el virus romántico, pese a detener el cambio social no pudo destruir todos los avances. El trato entre hombres y mujeres había mejorado, poco, pero lo había hecho. Y ahora, la nueva estructura del feudalismo, con el establecimiento de las cortes alrededor del rey volvería a dar otra oportunidad a las mujeres.
jueves, 12 de abril de 2007
El romanticismo es necrófilo

Soy consciente que esta afirmación puede sorprender. Pocas personas se dan cuenta, a primera vista, de este particular. Sin embargo, una reflexión más atenta no deja lugar a dudas.
Todas las novelas, canciones, discursos - chistes románticos no hay - o poemas hacen alusión directa a la muerte. Y no me refiero solamente a esas historias donde existe un final trágico y sanguinolento, Romeo y Julieta por ejemplo. También en narraciones de final feliz hay algún momento de necrofilia evidente.
Fijémonos en las letras de los boleros. En la inmensa mayoría los protagonistas "se mueren de amor", "se mueren por la persona", "se van a morir si los dejan" o "no pueden vivir sin ella", que según todos los estudios cientifícos equivale a palmarla.
Esta variante mutagénica del virus, la pronecrofílica, ha penetrado tanto en neustra cociencia que llega a ser casi un delito no manifestar la propensión al suicidio cuando uno siente amor o cariño por una persona. En lugar de disfrutar de su presencia y disfrutar de la vida en su compañia, los promotores del romanticismo, nos incitan a anticipar desgracias y padecimientos.
Pocas personas mueren por amor. Se entristecen, incluso se deprimen, pero no se mueren. Es más, el sentido común nos dice que si a una persona le ocurre eso, es porqué tiene un problema. Pero lo románticos se esfuerzan por hacer ver al resto del mundo lo contrario: si no mueres de amor es que no eres persona y tienes un problema
Todas las novelas, canciones, discursos - chistes románticos no hay - o poemas hacen alusión directa a la muerte. Y no me refiero solamente a esas historias donde existe un final trágico y sanguinolento, Romeo y Julieta por ejemplo. También en narraciones de final feliz hay algún momento de necrofilia evidente.
Fijémonos en las letras de los boleros. En la inmensa mayoría los protagonistas "se mueren de amor", "se mueren por la persona", "se van a morir si los dejan" o "no pueden vivir sin ella", que según todos los estudios cientifícos equivale a palmarla.
Esta variante mutagénica del virus, la pronecrofílica, ha penetrado tanto en neustra cociencia que llega a ser casi un delito no manifestar la propensión al suicidio cuando uno siente amor o cariño por una persona. En lugar de disfrutar de su presencia y disfrutar de la vida en su compañia, los promotores del romanticismo, nos incitan a anticipar desgracias y padecimientos.
Pocas personas mueren por amor. Se entristecen, incluso se deprimen, pero no se mueren. Es más, el sentido común nos dice que si a una persona le ocurre eso, es porqué tiene un problema. Pero lo románticos se esfuerzan por hacer ver al resto del mundo lo contrario: si no mueres de amor es que no eres persona y tienes un problema
miércoles, 4 de abril de 2007
El movimiento gótico

El viernes 30 de marzo, el programa crónicas emitió un reportaje sobre el estilo de vida gótico. Dicho documental empezaba con una frase contundente: “Francia, mediados de 1800. Un movimiento antisocial de estudiantes y obreros malvivía dominado por el sistema establecido. Maquillaron sus caras de blanco y se vistieron de negro, como ángeles negros, para escarmiento de aquella sociedad que tanto los oprimía”.
Ante esta presentación uno se imagina a Napoleón III escondido tras los muros de su palacio, atemorizado por la inminente caída de su imperio en manos de este potente movimiento revolucionario. Esto nunca sucedió porqué nunca fueron una amenaza para el sistema. Como tampoco lo son ahora.
Este movimiento – ahora cualquier agrupación de más de dos o tres personas con ideas raras, se considera movimiento social -, como otros intentos contraculturales no amenaza lo más mínimo al sistema capitalista. Todo lo contrario, al crear un estilo de vida, colabora al surgimiento de modas, con la consecuente reactivación del ciclo creación-destrucción tan importante en las economías de mercado.
Por lo que a mi respecta la gente puede adoptar la vestimenta que crea más adecuada, pintarse la cara con los colores que prefiera e ir a los locales que le de la gana. Pero de ahí a creerse un activista revolucionario hay un abismo. Mientras estos jóvenes franceses – pocos obreros debía haber en este movimiento- se pintarrajeaban la cara de blanco y se vestían de negro, otros se organizaban en sindicatos y partidos. Seguramente no eran tan radicales ni llamaron tanto la atención, pero sentaron las bases de un régimen político más justo.
Ante esta presentación uno se imagina a Napoleón III escondido tras los muros de su palacio, atemorizado por la inminente caída de su imperio en manos de este potente movimiento revolucionario. Esto nunca sucedió porqué nunca fueron una amenaza para el sistema. Como tampoco lo son ahora.
Este movimiento – ahora cualquier agrupación de más de dos o tres personas con ideas raras, se considera movimiento social -, como otros intentos contraculturales no amenaza lo más mínimo al sistema capitalista. Todo lo contrario, al crear un estilo de vida, colabora al surgimiento de modas, con la consecuente reactivación del ciclo creación-destrucción tan importante en las economías de mercado.
Por lo que a mi respecta la gente puede adoptar la vestimenta que crea más adecuada, pintarse la cara con los colores que prefiera e ir a los locales que le de la gana. Pero de ahí a creerse un activista revolucionario hay un abismo. Mientras estos jóvenes franceses – pocos obreros debía haber en este movimiento- se pintarrajeaban la cara de blanco y se vestían de negro, otros se organizaban en sindicatos y partidos. Seguramente no eran tan radicales ni llamaron tanto la atención, pero sentaron las bases de un régimen político más justo.
En este reportaje ellos mismos se retratan como antisistema porqué su indumentaria no es la común. Uno de los integrantes llega a decir que se viste de negro porqué estaba de luto por la sociedad. Pero en el mismo reportaje aparece una chica que se ha implantado colmillos, lleva lentillas de colores graduadas, su casa está decorada de negro y terciopelo rojos y además, tiene un ataúd. Una auténtica amenaza para la industria de la estética, la decoración y las funerarias.En fin, el movimiento gótico es una manifestación más de lo que el virus romántico puede hacer con nuestro cerebro cuando nos hace creer que una actitud estética – perfectamente legítima – es una forma de cambiar el mudo. Así, una forma de protesta, muy válida para llamar la atención sobre determinados ideales, se bacía de contenido y se vuelve una forma de divertirse. Algo totalmente legítimo, pero también totalmente alejado de la mejora social.
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