domingo, 6 de julio de 2008

Sexismo en Nueva York

Muchos de vosotros os preguntareis qué tiene que ver una de las series de televisión supuestamente más transgresoras en materia erótica con el romanticismo. Pues precisamente esto, que su trasgresión es teórica, puramente teórica.Por si alguien la conoce “Sexo en Nueva York” es la historia de cuatro amigas, de las cuales una (Jesica Parker) es la protagonista y narradora. Capítulo tras capítulo asistimos a sus aventuras eroticosentimentales así como a las opiniones de cada una sobre el sexo y los hombres.Si atuviéramos en los años sesenta cuando oír hablar a una mujer de estos temas era un escándalo, podríamos hablar de una serie rompedora. Pero a principios de siglo XXI, un momento de verborrea sexológica generalizada, lo importante es el mensaje.Y el mensaje de esta serie no es precisamente liberal o progresista. De entrada no se trata de mujeres de clases precisamente populares. Sus vestidos de lujos, los "manolos" que acostumbran a calzar y las limusinas en las que viajan nos dan a entender un estatus social relativamente alto. El título sería más exacto si fuera algo similar a : "Sexo entre gente rica de Nueva YorK".Por otro lado los personajes protagonistas están basados en tópicos establecidos por el discurso machista y misógino. Tenemos a Charlote, la típica mosquita muerta caza-fortunas. A Miranda, la feminista marimacho, infantofóbica, incapaz de tareas domésticas y cuyas parejas son siempre hombres débiles. Samanta es la liberal, la desinhibida y la juerguista, pero también la superficial, la adicta a tratamientos de belleza y a la que termina normalmente en situaciones ridículas y humillantes.Queda la protagonista: Carrie. Una enamorada del amor de vocación de heroína romántica cuyo objetivo en la vida es combinar su obsesión por la moda con una historia de amor inolvidable. Es el personaje que marca todo el rato la frontera entre el erotismo para disfrutar (superficial y vacío) y el amor anhelado, que un día encontrará junto con la felicidad eterna.Destaca en la teleserie el tratamiento de los personajes masculinos. Siempre son el contrapunto razonable a la histeria de estas cuatro mujeres. Pueden ser niños grandes, buenazos, calzonzazos, ricos, pobres pero siempre tienen un poco más de sentido común que las protagonistas.En una frase: Si esto es feminista y liberal que baje Simone y lo vea.Si cuento todo esto nos es para hacer una crítica de la serie, sino para poner de manifiesto cuan traicionero puede ser el virus romántico. Incluso cuando se pretende romper con los convencionalismos y dar una visión lúdica y divertida del erotismo, pueden aparecer lugares mentales capaces de ser puntos de infección.Porque es necesario reconocer que en su arranque inicial la serie pretendía ser irónica, divertida y fresca. Empezó con diálogos y situaciones poco comunes, apostando por apoyar el derecho de las mujeres a tener encuentros eróticos simplemente para divertirse. Pero poco a poco se fue convirtiendo en una crítica de este comportamiento, dando en los últimos capítulos un mensaje contrario.Hace unos días se ha estrenado la película. No la he visto, pero si el director no ha tomado ninguna medida profiláctica contra el virus romántico, auguro una “muerte rosa” a lo que había sido, en cierta forma, un símbolo de la América liberal y progresista.

domingo, 4 de mayo de 2008

Películas de Meg Ryan

Si existe una agente diseminadora del virus romántico esta es sin duda la filmografía de la actriz Meg Ryan. Y digo su filmografía porque no puedo hacer responsable de estas fechorías a quien es un mero vehículo.
Ver este tipo de películas, incluso disfrutar de ellas, no es ningún problema. El problema puede venir cuando uno cree en la veracidad de sus argumentos. Si no estamos vacunados podemos sufrir una infección tremenda porque el virus romántico se encuentra agazapado, listo para saltar sobre nosotros, detrás de cada uno de sus fotogramas.
De entre todos estos films destaca por su inverosimilitud y tontería uno titulado: Kate and Leopold. A finales del siglo XIX, un duque venido a menos descubre la presencia de un “viajero en el tiempo” y lo sigue hasta el Nueva York de la actualidad. Hasta aquí puede parecer el argumento de un mala película de ciencia ficción.
La cosa deriva hacia una edulcorada película romántica cuando el tal Leopold se enamora de Kate (Meg Ryan), una publicista de cierto éxito. Él debe regresar a su época, para evitar un desastre cósmico, circunstancia que hace su amor imposible y llena de desgracia a los dos protagonistas.
Pero el “viajero del tiempo”, el que había seguido el duque, descubre a la muchacha en una de las fotografías tomadas durante se viaje al siglo XIX. Liando así la mente del espectador, que ya no entiende nada.
Kate debe ahora regresar al pasado para vivir un futuro de felicidad junto a su amor eterno. Un mérito nada desdeñable, porque con ese gesto renuncia a todas las comodidades de la modernidad y asume una condición subalterna. La de la mujer en 1874.
En nombre del amor romántico y del destino, una profesional de cierto éxito elige dejar su carrera para relegarse a un segundo plano hasta el fin de sus días.
Como he dicho al inicio de este post, no existe ningún problema en disfrutar con este tipo de películas. Lo malo es creérselas, sobre todo si quien lo hace es una mujer, porqué ese es el destino de quienes toman decisiones con la mente nublada por el virus romántico.
Desarrollar el sentido del humor, la ironía y la crítica es sin duda la mejor terapia para superar los efectos de la infección.

martes, 1 de abril de 2008

Las cosas puede terminar bien


Ojalá no te hubiera conocido nunca (x4)
Para no amarte siempre, para no verte sin verte,para borrar tu recuerdo del que siempre me acuerdo y nunca me deja en paz
.oh ouo ouo oh ouo (x2)
Aquel día en aquel sueño soñando soñé, que estaba soñando contigo,bajo un cielo de estrellas mil, hay que ver, precioso, precioso.Y en aquel mar que no nos pudimos bañar, por ser tan caprichosos.
ojalá no te hubiera conocio nunca (x4)
Muchachito Bombo infierno

Este tipo de estrofas son algo corriente en nuestros días. Si se hiciera un estudio sobre la temática de las canciones compuestas durante los últimos quince años, estoy casi seguro, que ganarían las escritas para lamentarse de rupturas sentimentales. Con un predominio destacado de las quejas de “princesitas” defraudadas y de “machitos” ultrajados sobre todo lo demás.
El arrepentimiento puede ir más allá de la queja, en más de una ocasión el protagonista, centrado en su desesperación, intenta borrarlo todo de su memoria. Llegando incluso a renegar de las experiencias positivas y los momentos felices.
Nosotros, influenciados sin duda por la presencia en el cerebro del virus romántico, vemos en esto una prueba suprema de amor y consideramos al llorón de turno como un héroe de la pasión.
Pero esto no fue siempre así. A finales de los setenta, mezcladas con canciones de contenido político y ñoñerías dulzonas – que siempre las ha habido – aparecieron letras menos rencorosas, más optimistas.
Incluso Julio Iglesias, el rey de la canción insulsa, llegó a cantar cosas como “por el amor de una mujer”. Sí, por extraño que parezca esa canción era un canto la superación, no un acto de amargura eterna como la canción que encabeza este post.
Además de mujeres capaces de pedir “un hombre para después de media noche” o “materia caliente para esta tarde”, algunas se atrevían a recordar un único polvo como una experiencia bonita, sin reproches, sin tirar en cara a su amante no haber seguido a su lado hasta la eternidad.
Es el caso de ABBA y su canción Fernando. Donde una chica recuerda un encuentro erótico sin amargura ni decepción por no haber terminado en una unión mística hasta el fin de los tiempos. Algo bastante escaso en el panorama musical de principios del siglo XXI. Vale la pena leer la letra:

¿Puedes escuchar Fernando?
Me recuerda tiempo atrás
Estrellas y una noche allá
En la lumbre azul
FernandoTarareabas tu canción
Con ese suave guitarrear
Yo podía escuchar
Esos tambores con un sordo redoblar
Se acercaban más Fernando
Y el momento que pasaba
Parecía eternidad
Y sentí temor Fernando
Por la vida y juventud
Nadie pensaba en morir
Y no siento hoy vergüenza al
Confesar que tuve
Ganas de llorar
Algo había alrededor quizá
De claridad Fernando
Que brillaba por nosotros dos
En protección Fernando
No pensábamos jamás perder
Ni echar atrás
Si tuviera que volverlo a hacer
Lo haría ya Fernando
Si tuviera que volverlo a hacer
Lo haría ya Fernando
La vejez llegó Fernando
Y con ella una paz
Que hoy logramos disfrutar
Se durmió el tambor Fernando
Pareciera que fué ayer
Que lo vivimos tú y yo
Y en tus ojos veo aún
Aquel orgullo que refleja tu valor
Algo había alrededor quizá
De claridad Fernando
Que brillaba por nosotros dos
En protección Fernando
No pensábamos jamás perder
Ni echar atrás
Si tuviera que volverlo a hacer
Lo haría ya Fernando
©1976 Union Songs AB

Saber que las cosas pueden terminar bien, que podemos tener un buen recuerdo de nuestras relaciones hayan durado lo que hayan durado, quizá nos sirva para no caer en las garras del fatalismo, una de las vías de infección preferidas por el virus romántico.

miércoles, 23 de enero de 2008

El mito de la exclusividad

Creencia de que el amor romántico sólo puede sentirse por una única persona (al mismo tiempo)

Cómo puedes querer dos mujeres a la vez y no estar loco ...
Corazón Loco
Antonio Machín

Con esta contundente sentencia, el cantante cubano condenó a media humanidad al manicomio. Porque si algo ha predominado durante la evolución de la especie humana ha sido la poligamia. Más la poliginia (un hombre con varias mujeres) que la poliandria (una mujer con varios hombres).
Estas relaciones fueron tan satisfactorias como lo podían ser en la monógama Europa de su época. Y los hombres y las mujeres se querían entre ellos tanto como en las parejas supuestamente exclusivas del viejo continente.
En esta época de revisionismo, algunos antropólogos pretenden hacernos creer que la especie humana es monógama por naturaleza y que, pese a lo que los propios afectados declaran, siempre existe la pareja. Armados de un amorómetro - cuya naturaleza técnica desconozco pero de gran eficacia según parece - siempre se tiene una relación más profunda con una de las mujeres – o de los hombres – que forman el harén.
Esto, aunque pueda parecer osado, me recuerda a mi infancia. En una ocasión, una señora de cuyo nombre no quiero acordarme, me preguntó lo siguiente: ¿A quién quieres más a Papá o a Mamá? Y yo respondí: A los dos. No satisfecha con la respuesta continuó el interrogatorio. “No, seguro que quieres a uno más que al otro” y yo volví a responder “no los quiero a los dos por igual”. Pero aquella señora volvió a la carga e insistió en la pregunta. A esas edades uno carece de las dotes oratorias necesarias para replicar a tal insistencia, así que decidí dejarla plantada y volver a jugar con mis madelman. Porque en realidad me hubiera gustado decirle: “Váyase usted a la mierda”.
Desde pequeños nos estimulan de forma constante a preferir una sola persona entre todas. En desear una unión trascendente, eterna y exclusiva en el seno de la pareja. Nos dicen insistentemente que algún día conseguiremos una unión tan fuerte que no desearemos estar con nadie más.
Esto lleva a los miembros de muchas parejas a aislarse de la familia y de los amigos. Un hecho nada reprobado y frecuentemente utilizado como prueba de amor verdadero. Pero la idealización de la exclusividad en la pareja tiene efectos muy negativos. Efectos de los que nadie advierte.
Según Serge Chaumier, autor de “El nuevo arte de amar” 1, la pareja – o cualquier tipo de relación entre personas. Esto es aportación mía - no puede escapar al segundo principio de la termodinámica. Como todo ente vivo necesita aporte constante de materia y energía. Si la cerramos al mundo exterior, deja de respirar y muere.
La muerte a largo plazo de las relaciones entre las personas es, muchas veces, consecuencia directa de la búsqueda del Santo Grial de la exclusividad. Se cierra la pareja, se buscan todas las gratificaciones dentro de ella y, con el tiempo, aquello se convierte en un esqueleto.
Actualmente ha habido un cambio en el discurso. Muchos manuales de autoayuda insisten en la necesidad de mantener y cultivar las amistades después de formar una pareja. Sin embargo estas relaciones deben mantener una distancia, no salirse de madre, nuca ser eróticas y mucho menos eroticoafectivas.
Cuando esto se da, por accidente o por voluntad, uno debe elegir entre quien conoce profundamente y quien está empezando a conocer. Si no se decide o es inmaduro, o tiene un problema psicológico o simplemente es un caradura.
Una persona que se atreva a declarar públicamente su amor por dos o más de sus congéneres es considerado un hereje. Consiguiendo que el Sanedrin de la Psicología se rasgue las vestiduras.
El Virus Romántico aprovecha toda esta coyuntura para colonizar nuestra mente pudiendo producir dos actitudes igualmente estúpidas. O bien refuerza la idea de profundizar en la relación a partir de aislarla del resto del mundo, consiguiendo así la total desconexión de al menos uno de los individuos. O bien fuerza a rupturas infundadas, únicamente por constatar el no haber llegado al grado de vinculación exclusiva deseable. Un grado que nunca podrá ser alcanzado, ya se encargará el virus de generar pensamientos cada vez más exigentes al respecto.
La realidad está muy lejos del ideal romántico de la exclusividad. Contradiciendo el discurso predominante, muchas personas establecen relaciones eróticoafectivas múltiples. La mayoría las mantienen en la clandestinidad por temor a las consecuencias y nunca las formalizan. Otras pactan pero disimulan ante la sociedad. Carmen Domingo, en su libro “Cada oveja con su pareja” 2 habla de ellas. Demostrando un respeto encomiable, por cierto. Y una minoría no tienen ningún problema en hacerlo público. Es el caso de la comunidad Polyamory http://www.polyamory.org/.
Parce que hay personas capaces de querer a dos mujeres o a dos hombres a la vez sin volverse locas. Quizá muchas más personas puedan y no lo sepan porqué han sido educadas en la exclusividad romántica.
No se si el modelo de relaciones de los polyamory se impondrá en un futuro más o menos cercano. Pero si creo que nuestro modelo de monogamia secuencial como búsqueda de una mítica unión exclusiva, está produciendo más perjuicios que beneficios. Se rompen muchas parejas por falta de flexibilidad, nuestras aspiraciones son demasiado rígidas y la vida en común demasiado larga. Nos faltan herramientas de negociación y nuestra educación cierra demasiado la mente, dejando un único modelo de relación amorosa. Y así a las personas se les hace muy difícil adaptarse a una sociedad cada vez más dinámica.

1. Chaumier, Serge. El nuevo arte de amar. Alianza Editorial. Madrid 2006. Pág. 184-191.
2. Domingo, Carmen. Cada oveja con su pareja. Ediciones Urano. Barcelona 2003. Pág. 63-81.

lunes, 17 de diciembre de 2007

El mito de la media naranja

Creo que empiezo a entender
(despacio, despacio comienzo a entender)
Nos deseabamos desde antes de nacer
(te siento, te siento, te siento estremecer)
tengo el presentimiento de que empieza la acción
(adentro, adentro te vas quedando)
y las mujeres somos las de la intuición.
Asi, estoy dispuesta a todo
Shakira

Tal y como expliqué en la entrada dedicada a los mitos del Amor Romántico, este virus encuentra lugares de anclaje muy efectivos en conceptos asumidos desde la más tierna infancia. Es a través de ellos como el virus consigue hacerse con nuestra mente y canalizar nuestra energía hacia la consecución de objetivos inútiles o perjudiciales.
El origen de este mito se remonta a la antigüedad clásica y se atribuye a Platón el mérito de haberlo utilizado como argumento justificador de la atracción erótica. Según el filósofo explica en su obra “El banquete”, en un origen éramos seres andróginos. Esto significa que teníamos una parte masculina y otra femenina. Pero por un azar del destino o por sadismo de los dioses, no se sabe bien, fuimos divididos en seres masculinos y seres femeninos. Desde entonces buscamos la parte que nos falta en los miembros del otro sexo. Y, cuando la encontramos gozamos de una unión feliz, placentera y eterna.
El cristianismo y el romanticismo después, cambiaron la unión corporal original por una más espiritual. El argumento se fue transformando y el ser mítico poseedor de los dos sexos en dos almas gemelas que tras encarnarse en la tierra se buscan para formar una pareja también feliz, placentera y eterna.
Este es, cuanto menos, un engaño en si mismo. Se trata de un argumento cuya validez es imposible demostrar porqué siempre se cumple. Si encontramos a una persona con la que nos sentimos felices consideramos tal situación como una prueba de la existencia de nuestra alma gemela. Si andando el tiempo cortamos con ella, esta circunstancia se convierte en prueba evidente de que no era nuestra media naranja. Independientemente de si encontramos o no encontramos nuestro complementario, no vamos a dudar nunca de su existencia.
Y es precisamente aquí donde encuentra el virus romántico su lugar de anclaje. A partir de este concepto consigue establecer un mecanismo que hará eterna, no la relación con la persona adecuada, sino su búsqueda.
En realidad nos coloca el “caramelo” haciéndonos creer en la facilidad a la hora de establecer el vínculo. Si esa persona es mi alma gemela no es necesario que me esfuerce en conocerla o en aceptarla como es. Como dice la canción: “nos deseamos desde antes de nacer”.
La creencia en un perfecto acoplamiento a la primera gracias al destino, a la química o a una existencia anterior a la actual, nos quita el sentido de responsabilidad. No podemos sentirnos responsables de fuerzas tan poderosas, colocándonos así en una posición a moral. No estoy con alguien por haber hecho una elección, son circunstancias ajenas a mi persona las que me han llevado a tal situación.
Convertir una elección basada en valores – todas lo son- en algo involuntario es perfecto para la conservación del orden vigente. Las personas que son conscientes de sus elecciones morales pueden llegar a cuestionar las normas y eso nunca les ha gustado a las clases dominantes.
La agradable euforia que se origina cuando establecemos una relación, sobretodo al principio, puede llevarnos a considerar el encuentro como algo mágico. Ante un acontecimiento de este tipo es fácil aceptar mitos como este de la media naranja. Si además observamos en el discurso social una ausencia total de crítica al respecto, cuando no un apoyo más o menos velado a través de novelas, películas y espacios televisivos, es normal acabar aceptando el mito de la media naranja y caer en riesgo de infección grave.
Todos podemos caer presas de sentimientos irracionales y ser presas del virus romántico, pero en determinados ámbitos sociales poseemos mecanismos mentales que actúan como defensas ante tal amenaza. El ámbito económico es un ejemplo: Si acudiéramos a un banco en busca de un préstamo argumentando que hemos decidido aceptar como socio a una determinada persona, basándonos únicamente en la fuerte convicción de que conocemos a esa persona desde antes de nacer, lo más seguro es que nos de unos golpecitos en la espalda y nos recomienden visitar a un psiquiatra.
Si, por el contrario, justificamos el haber elegido a nuestra pareja basándonos en el mito de la media naranja, obtendremos seguramente la aprobación de los otros cuando no la admiración emocionada por demostrar tal grado de sensibilidad.
Elegir la pareja en base a un argumento tan alejado de la realidad es como sacar un billete con destino a la frustración. Los vínculos se establecen y se mantienen mediante un esfuerzo de diálogo y comprensión del otro. Ninguna leyenda, por muy bonita que sea, puede sustituirlo.

jueves, 18 de octubre de 2007

Necrofilia de pasarela

La infección romántica de la mente conduce con frecuencia a aceptar el estatu quo. Este conservadurismo no es consecuencia de una reflexión racional sino en una suspensión temporal – quiero creer que temporal – de la capacidad crítica de las personas. Si no soy incapaz de criticar de forma racional jamás podré plantear una alternativa poderosa a cualquier injusticia social.
En una época donde se ha impuesto la visión romántica de la vida a través de poner en un pedestal a las emociones – y no los sentimientos – no es de extrañar que la moda se haya visto afectada por el malvado virus.

Al patriarcado le ha convenido siempre la pasividad de la mujer por eso la ha querido siempre callada y sumisa, incapaz de manifestar sus deseos. En el siglo XIX elevó a modelo de feminidad a la mujer tísica, consiguiendo que su aspecto macilento llegara a ser considerado como ideal de belleza.
En una época de pública y manifiesta misoginia quedaba patente, a través de la adopción de tales modelos de belleza, el miedo de los hombres a la mujer sana, capaz y activa. No en vano muchos antropólogos consideran que el origen del patriarcado se encuentra en el temor del hombre hacia el poder engendrador de la mujer. Un temor que se transformó con el tiempo en fobia y que dio lugar al sexismo en las sociedades primitivas.
Ahora, en pleno siglo XXI, parecemos haber regresado a tiempos pasados al menos en lo que concierne a la moda. No me referiré aquí a ese programa de la televisión donde se practica el sadismo emocional con adolescentes . No es necesario insistir sobre su carácter destructivo sobre la moral de las concursantes y su efecto pernicioso sobre los espectadores, basta con ver un programa para darse cuenta.
Me refiero a los desfiles de moda donde aparecen maniquíes – me resisto a utilizar la palabra modelo para definirlas- con cuerpos dignos de Buchenbald o Auschwitz y con expresiones propias de cuerpos en tanatorios o salas de autopsia.
Hace un tiempo me preguntaba porqué las maniquíes de pasarela nunca sonríen. Al parecer lo tienen rotundamente prohibido. Es algo excepcional porqué normalmente se les pide todo lo contrario. Al anunciar una marca de leche o al asistir a un congreso en calidad de azafata, la sonrisa es imprescindible. Algo por otro lado natural, si uno quiere vender un producto tendrá más posibilidades adoptando una actitud alegre y cordial que si pone la típica cara de cabreada altiva que ellas muestran en la pasarela.
Entonces, ¿por qué esa mueca? Una posible explicación puede estar en la deriva hacia un ideal de belleza femenino poco saludable , cuando no cadavérico, que se viene observando desde los años 90. Los maquillajes imitan cada vez más el aspecto de los muertos y las chicas se van pareciendo a espíritus etéreos dignos de protagonizar una novela de gótica.
El virus romántico ha infectado la mente de diseñadores y maquilladoras hasta tal punto que no pueden consentir el desfile de mujeres de carne y hueso. Como hemos visto en otras ocasiones el romanticismo es un aliado del patriarcado, al patriarcado le interesan las mujeres pasivas. Y, ¿qué hay más pasivo que un cadáver?
Esta actitud consigue aunar la tendencia a promocionar la pasividad femenina propia del machismo con el ansia necrofílica del romanticismo. Así todos contentos, menos las miles de mujeres que pasan hambre para conseguir un cuerpo que nunca tendrán y que si llegan a lograr las llevará a la enfermedad, cuando no a la muerte.

domingo, 23 de septiembre de 2007

De la pureza a la belleza

Cada vez que las mujeres alcanzan un cierto grado de poder dentro de la sociedad, se da una reacción por parte del patriarcado. Esta reacción se ha caracterizado siempre por una fase inicial de adulación y ensalce de la figura femenina a la que sigue una de sumisión y misoginia que intenta contener el cambio.
El virus romántico tiene un papel fundamental en este tipo de transformaciones. Actúa como lo haría la artillería en el campo de batalla aturdiendo y debilitando las defensas del enemigo.
Así lo hizo durante el periodo posterior a la Revolución Francesa, el llamado periodo romántico. La Ilustración había conseguido un cierto avance de las mujeres – las nobles y altoburguesas, se entiende -. En los salones las cortesanas se trataban de tú a tú con filósofos y literatos. Más tarde, durante la Revolución, las mujeres llegaron a reivindicar una carta de “los derechos de la mujer y la ciudadana”.
Con el final de episodio revolucionario vino la reacción. El Código Napoleónico las asimiló a la infancia, convirtiéndolas en seres dependiente y eternamente incapacitadas par los asuntos públicos.
Esa ignominia debía justificarse de alguna manera y para ello fue necesario crear un ideal femenino basado en la pureza y la inocencia. Si el código penal asimilaba la mujer a los niños, la educación preparaba a las jóvenes para que aceptaras e incluso promovieran actitudes justificadoras de ese estatu quo.
A principios del siglo XIX se creó lo que podríamos denominar el círculo de la pureza. Un complejo ideológico preparado para atrapar la mente de las mujeres en un juego donde siempre salían perdiendo.
El círculo de la pureza basaba su poder de dominio en colocar en su centro un ideal inalcanzable: La mujer absolutamente pura. En los países católicos era la Virgen María, cuyo milagroso embarazo respetó su virginidad incluso después de parir. En los protestantes el mito se montó alrededor del mito puritano según el cual una mujer podía alcanzar la perfección moral a través de mantenerse lo más alejada posible de los placeres eróticos.
De este círculo mental solamente se salía por tres caminos: La violación, la seducción o el matrimonio. Las dos primeras formas llevaban a la marginalidad. Normalmente las mujeres violadas o seducidas terminaban siendo prostitutas. Pasaban, por lo tanto, a ser de titularidad pública. La tercera forma era la única decente y condenaba a la mujer a ser propiedad del marido.
La mujer podía optar por no salir nunca del círculo y entonces, o bien se hacía monja o bien se convertía en una solterona. Estas mujeres representaban la pureza hasta la muerte y eran respetadas siempre y cuando se esforzaran por conservarla.
Con los cambios ocurridos durante los años sesenta esta forma de pensar se quebró definitivamente. Las mujeres empezaron a no aceptar que su valor social dependiera dispuestas a entablar intercambios eróticos. Las leyes del patriarcado fueron puestas a debate público y gran cantidad de mitos sobre la sexualidad quedaron obsoletos.
Pasaron los setenta y llegó la reacción conservadora. Se puso freno a todos los avances y se intentó dar marcha atrás. Como siempre ocurre en estas ocasiones y como había ocurrido ya anteriormente, el virus romántico infectó las mentes de millones de personas.
Desde la subida al poder de Ronald Reagan y Margaret Teacher se ha ido ensalzando “los valores femeninos”. Paralelamente el movimiento feminista adopta la diferencia como eje de sus reivindicaciones y en los medios de comunicación se muestra mujeres vestidas con modas cada vez más diferenciadas de los hombres.
Los trajes infantilizan y realzan la imagen frágil, mientas la política la victimiza. Cada vez hay más leyes llamadas de protección pero cuyos efectos son más paralizantes que defensivos. La mujer es un ser que debe ser protegido de la naturaleza maligna de los hombres.
El círculo de la pureza ha sido sustituido por el círculo de la belleza. Ahora el ideal de millones de jovencitas no es ya la Virgen María sino la top model de moda. Tal y como ocurriera en tiempos de nuestras abuelas, las mujeres vuelven a ser pasivas. Si en tiempos de la Reina Victoria esa pasividad se concretaba en un desinterés absoluto por el erotismo, ahora se concreta en un afán desmesurado por la exhibición de un cuerpo atractivo. Ser deseada es el gran objetivo, tener intercambios eróticos pasa a un segundo, incluso a un tercer plano.
Las sociedades utilizan los objetivos imposibles como una forma de canalizar la energía de sus miembros. Una energía que, en otras circunstancias, podría llevar a un cambio social. El mito de la pureza absoluta era imposible de alcanzar y por eso millones de chicas perdieron su preciso tiempo en sacrificios de todo tipo. Ahora el mito de la belleza cumple un cometido similar. Las chicas se sacrifican, se adornan y se exhiben con el objeto de conseguir el reconocimiento de su belleza. Desperdician miles de horas en busca de ese “Santo Grial” y así no se dedican a otros quehaceres.
Un amigo mío ha encontrado un término perfecto para definir esta estrategia: El safari fotográfico. Se trata de conseguir la admiración y el interés del máximo número de personas. La chica sale cada noche a demostrarse a si misma su atractivo y para ello emplea todos sus conocimientos de belleza y seducción con el fin de atraer al máximo número de hombres (si es hetero, porqué existe también la forma homosexual del safari fotográfico).
Como en la antigua forma de dominación, la mujer puede salir de este círculo mediante las tres maneras anteriormente citadas. Pero como las cosas no son siempre igual por mucha marcha atrás que se haya querido dar, ni la violación ni la seducción llevan a marginar a la mujer.
Cada vez es más patente este tipo de comportamiento y cada vez es mayor la presión social y mediática sobre las mujeres para que actúen de esta forma. Se consigue así potenciar la pasividad femenina y evitar que tengan demasiados intercambios eróticos.
El virus romántico contribuye a generar pensamientos absurdos y a evitar cualquier posibilidad de crítica, convirtiéndose así en un cómplice necesario. Se puede permanecer mucho tiempo en este círculo de la belleza esperando un “principe azul” o anhelando “la relación perfecta”.
Al final se trata de una forma más de dirigir la sexualidad femenina hacia el matrimonio.